El ciberespacio es un lugar de disociación, entre la realidad corpórea y la matriz virtual, y es aquí donde debe buscarse la resonancia con la ketamina. Sorprendentemente, esta no es la única analogía entre la sustancia y el espíritu de la época en que vivimos, un lugar de desapego e hiperconexión. Carlo Mazza Galanti, traductor, crítico literario y periodista cultural, ha encontrado muchas, desde delfines hasta los tech bros de Silicon Valley, pasando por abducciones alienígenas y la búsqueda del «suero de la verdad» durante la Guerra Fría, todo lo cual se muestra en los sesenta y cuatro capítulos de K-Hole: Come la ketamina ha inventato il futuro (K-Hole: Cómo la ketamina inventó el futuro).
WIRED Italia conversa con Mazza Galanti sobre esta obra que reescribe muchos de los tópicos de la imaginación contemporánea y ofrece una clave para comprenderlos que es a la vez aguda e inquietante.
Esta entrevista ha sido editada para facilitar su comprensión. El autor de la obra no pretende instigar el consumo de sustancias ilegales, y nada de su contenido debe interpretarse como una invitación a realizar conductas prohibidas por la ley.
WIRED Italia: ¿Por qué exactamente la ketamina? ¿Por qué no LSD, MDMA, o algún otro psicodélico?
Carlo Mazza Galanti: La ketamina es la sustancia más presente en noticias, tanto para usos terapéuticos como recreativos. Su legalización terapéutica se remonta a 2019 con Spravato, un aerosol nasal que también se utiliza en Europa para tratar la depresión resistente al tratamiento. Recientemente, en Francia, se aprobó su uso intravenoso en casos de depresión con riesgo de suicidio. La idea clínica es proporcionar un «verdadero reinicio», un choque neurológico capaz de desactivar los circuitos depresivos.
¿Qué tiene la ketamina que no tengan otras sustancias?
Es un disociativo potente, aunque no el único. Está, por ejemplo, la fenciclidina, conocida como «polvo de ángel», de la que deriva directamente, así como sustancias como la metoxetamina (MXE) o el óxido nitroso. Sin embargo, la ketamina es la que se ha integrado con mayor fuerza en la cultura popular. Y la disociación es precisamente la clave para entender su lugar en el presente, porque se corresponde con las formas de disociación que experimentamos a diario incluso sin consumir sustancias.
Pensemos en la tecnología: vivimos físicamente en un lugar, pero pasamos gran parte del día en el ciberespacio a través de smartphones y computadoras. Esta conexión constante implica una profunda desconexión de nuestros cuerpos. Curiosamente, la ketamina siempre ha estado asociada a imaginarios tecnológicos: el cyberpunk de los noventa, los robots, las matrices informáticas y las estructuras computacionales, con todas las implicaciones conspirativas, gnósticas y paranoicas que ello conlleva.
Y, por último, su vínculo con las élites tecnológicas de Silicon Valley. Elon Musk ha afirmado que consume ketamina, mientras que Peter Thiel ha invertido en empresas como Compass Pathways y atai Life Sciences, centradas en terapias con psicodélicos y ketamina.
En tu libro hablas del proyecto Mk-Ultra y, sobre todo, cuentas la historia de dos científicos insólitos, John Lilly y Salvador Roquet.
La ketamina no surge de la nada: forma parte de la historia de la psicodelia. Para entender su imaginario, hay que estudiar la intersección entre la cibernética y la psicodelia en las décadas de 1950 y 1960, lo que más tarde se conocería como «ciberdelia». En aquellos años, científicos como Norbert Wiener comenzaron a teorizar sobre el cerebro como un bioordenador y a plantear que la percepción podía programarse. Pero también era la época de la Guerra Fría, cuando las superpotencias impulsaban proyectos como Project MKUltra, centrados en el control mental, la búsqueda de un «suero de la verdad» y otras técnicas de manipulación psicológica. Todo ese imaginario terminaría confluyendo en el universo cultural de la ketamina.